Cuatro días a oscuras en La Habana y la radiografía de un país al borde del colapso
Aterrizar en Cuba esperando unas vacaciones caribeñas y encontrarse de frente con un apagón general de cuatro días no es una simple anécdota de viaje; es una inmersión forzosa en la cruda realidad que padecen a diario millones de cubanos. La desconexión del sistema eléctrico nacional, atribuida por las autoridades a una falla en la unidad número seis de la termoeléctrica Máximo Gómez, sumergió a las calles en una oscuridad impenetrable, convirtiendo a La Habana en un escenario desolador donde la supervivencia cotidiana desafía cualquier discurso oficial.
La falta de fluido eléctrico paralizó de inmediato las actividades más elementales. En los hoteles de gran altura, los elevadores quedaron fuera de servicio o convertidos en trampas defectuosas para los huéspedes, mientras que en los restaurantes y cafeterías la comida comenzó a descomponerse ante la falta de refrigeración. La oferta gastronómica se redujo al mínimo indispensable, obligando a largas filas y racionamientos incluso en establecimientos turísticos. La vida nocturna prácticamente desapareció, salvo en contadas excepciones comerciales como el bar LM, un enclave dolarizado que operaba con generadores propios como una burbuja ajena a las penurias del resto de la capital.
La economía de la supervivencia y la mendicidad
El apagón evidenció una crisis mucho más profunda y estructural. Al restablecerse gradualmente la energía eléctrica en zonas privilegiadas como El Vedado, la normalidad prometida nunca llegó: las carencias alimentarias y la escasez de productos básicos continuaron intactas. La libreta de racionamiento estatal ya no garantiza un suministro constante ni previsible, llegando a destiempo y obligando a los ciudadanos a buscar recursos donde no los hay.
En las aceras habaneras, la necesidad ha transformado la mendicidad y el comercio clandestino en actividades cotidianas de primer orden. No se puede recorrer una calle sin toparse con personas que solicitan desesperadamente jabón, desodorante, medicinas, comida o dinero. La intermediación del Estado en las relaciones laborales agrava aún más la situación: los empleadores pagan en divisas a las entidades gubernamentales, mientras que los trabajadores reciben ingresos irrisorios, donde profesores perciben salarios mensuales equivalentes a 10 o 12 dólares y los policías apenas 14 dólares.
Ustedes, señores del Estado cubano, necesitan liberar la economía cubana más que el propio pueblo.
El contraste entre la seguridad y el monopolio estatal
Pese a la extrema precariedad, sobresale un marcado contraste: la calidez de su gente y una notable seguridad ciudadana. El turista puede caminar por las calles sin el temor a ser asaltado que se experimenta en otras urbes de la región, un fenómeno sustentado en el rigor punitivo del Estado frente a la delincuencia y el especial cuidado hacia los visitantes extranjeros, vistos como la principal fuente de divisas frescas.
Esa necesidad asfixiante de divisas genera una voracidad insólita por la moneda estadounidense. Mientras el tipo de cambio bancario oficial para tarjetas de crédito reduce el valor del dólar a 120 pesos cubanos, en el mercado informal la cotización trepa hasta los 320 pesos por dólar. Esta distorsión castiga al consumidor y exhibe las grietas de un sistema centralizado que intenta controlar artificialmente las finanzas públicas.
La urgencia de un cambio de rumbo económico
Si bien el embargo estadounidense ejerce un impacto incuestionable en el comercio exterior, el monopolio absoluto del Estado sobre la economía cubana es el verdadero ancla del desarrollo. Apelar continuamente a justificaciones externas se ha convertido en un mecanismo de desgaste mientras la infraestructura colapsa y la juventud opta por la emigración, dejando atrás a una población envejecida que no cuenta con los nutrientes diarios esenciales para subsistir dignamente.
Experiencias como la de China demuestran que es posible sostener un régimen político determinado mientras se permite la apertura comercial, la libre empresa y la inversión privada nacional. Abrir el juego económico a la iniciativa de los propios ciudadanos no equivale a claudicar, sino a evitar que una nación entera quede condenada a la indigencia permanente.












