La batalla digital del PRM y el pulso por el 2028
La lucha política interna del Partido Revolucionario Moderno (PRM) ha dejado de ser un asunto exclusivo de los despachos partidarios para trasladarse con fuerza al ecosistema de los medios digitales. Lejos de agotarse en las recién concluidas elecciones de mayo de 2024, la carrera presidencial hacia el 2028 arrancó de manera prematura y con un ingrediente novedoso: la disputa por el control de las plataformas y la narrativa en redes sociales.
Tradicionalmente, la contienda interna se manifestaba en el control de candidaturas, posiciones ejecutivas y estructuras territoriales. Sin embargo, hoy en día la lucha se ha trasladado a quién controla los medios digitales, convirtiendo la influencia en redes en el nuevo campo de batalla para posicionar liderazgos y aspiraciones presidenciales.
El papel de Medios Panorama y las tensiones internas
Uno de los puntos centrales de esta disputa gira en torno a plataformas como Medios Panorama y figuras como Simon Díaz. Desde diversos sectores se apunta a que la cobertura y los ataques mediáticos responden a intereses particulares que buscan mermar la credibilidad institucional del gobierno y de figuras clave del partido oficialista.
El trasfondo de estas estrategias busca reducir la influencia en la toma de decisiones, afectando de manera directa las aspiraciones y el posicionamiento de figuras con proyección presidencial dentro de la organización política, en un intento por moldear el escenario sucesoral con años de antelación.
La instrumentalización de los espacios digitales
El fenómeno refleja cómo la confrontación política contemporánea utiliza la diversificación de contenidos digitales como un mecanismo de presión. Aunque muchos espacios operan bajo la premisa de informar, la realidad es que la financiación y el apoyo a determinadas plataformas obedecen a agendas estratégicas orientadas a inclinar la balanza en los debates partidarios.
Esta dinámica pone de relieve que la batalla por el poder político ya no solo se gana en las urnas o en los órganos de dirección partidaria, sino también en la capacidad de influir, condicionar o desacreditar a través de las pantallas, un desafío que las organizaciones políticas y sus liderazgos deberán gestionar en el nuevo tablero de la comunicación moderna.












