Los secretos y acuerdos ocultos tras la nueva directiva del PRM
La reciente Convención Nacional de Delegados del Partido Revolucionario Moderno (PRM) dejó tras de sí mucho más que una simple renovación de autoridades. Lo que parecía un trámite institucional sin sobresaltos destapa en realidad un intrincado tablero de poder, alianzas tácticas y reconfiguraciones internas que proyectan el futuro político de la organización hacia los escenarios de 2028 y 2036.
A pesar de las apariencias de unidad y de haber superado una prueba de fuego con la reducción de más de un millón y medio de electores en su padrón interno, el partido oficialista experimentó una serie de fricciones y escollos que evidencian cómo cada actor político mueve sus fichas en función de intereses muy particulares.
El pulso por el control interno y la caída del consenso
El proceso convencional trajo consigo un cambio estructural clave: el intento de instaurar el método del consenso para elegir a las autoridades tropezó con la realidad de que todo el mundo tiene sus propios intereses. El intento naufragó en su nacimiento porque las expectativas de los aspirantes y de los altos dirigentes chocaron con las aspiraciones individuales, torpedeando un mecanismo que aspiraba a evitar ruidos internos.
En consecuencia, la Dirección Ejecutiva aprobó modificaciones estatutarias que prorrogaron por dos años el periodo de vigencia de las autoridades que debían concluir en 2026, extendiéndolo en algunos casos a cuatro años para figuras provinciales y municipales. Sin embargo, esta prórroga no aplicó de la misma manera para las autoridades nacionales, generando un reordenamiento orgánico que alteró drásticamente el peso de las corrientes internas.
La reconfiguración de la balanza de poder en el PRM
El análisis detallado de la nueva directiva nacional muestra una transformación profunda en la distribución de cargos. Antes de la convención, la correlación de fuerzas mantenía a Luis Abinader con un peso significativo, mientras que el sector de Hipólito Mejía ocupaba posiciones estratégicas como la Coordinación Ejecutiva, la Secretaría General y la Secretaría Electoral.
Sin embargo, el pastel dejó de dividirse entre dos y pasó a repartirse entre cinco corrientes, incorporando con fuerza a figuras como David Collado, Eduardo Sanz Lovatón y Wellington Arnaud. En este nuevo reparto, el sector de Abinader consolida su hegemonía al retener el control clave de la estructura, mientras que la corriente de Hipólito Mejía ve reducida su presencia directa en las posiciones de mayor peso ejecutivo, manteniendo no obstante la Secretaría General a través de Juan Garrigó Mejía.
Este reacomodo no es fortuito; responde a la necesidad de mantener la estabilidad y la armonía de cara a los próximos procesos electorales, evitando que las ambiciones de liderazgo colapsen la estructura partidaria. La jugada estratégica de los principales actores demuestra que el verdadero pulso político ya se está librando pensando en los umbrales de 2028 y 2036, donde cada facción busca asegurar su cuota de poder e influencia institucional.












